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Acordar con el Fondo o… tocar fondo.

La Argentina entra en la recta final para cerrar su acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, en medio de una tensa situación interna y con un contexto internacional marcado por la invasión rusa de Ucrania.

Por Juan Luis Buchet, Corresponsal de Radio Francia Internacional (RFI), Director Periodístico de Radio Cultura

En las primeras semanas de 2022, esta parecía ser la disyuntiva que se presentaba a la Argentina. Y cuando, en la mañana del viernes 28 de enero, el presidente Alberto Fernández anunció haber llegado a un entendimiento con el FMI, que abría el camino a la pronta firma de un acuerdo con el organismo de crédito, muchos se sintieron aliviados. Ese mismo día, el país debía enfrentar un vencimiento con el Fondo de 700 millones de dólares con reservas netas del Banco Central de apenas 900 millones, un pago que no se podía encarar sin la perspectiva de un nuevo crédito. Como lo explicó luego el Ministro de Economía, Martín Guzmán, el entendimiento anunciado establecía las condiciones de un préstamo de unos 45.000 millones de dólares que permitiría pagar los 40.000 millones que la Argentina debe aún de la deuda con el FMI heredada del gobierno de Mauricio Macri y reforzar con 5.000 millones las disponibilidades del Banco Central para hacer frente a eventuales turbulencias monetarias.

Hasta ahí, todo bien. Después de meses de negociaciones estancadas y de declaraciones contradictorias del oficialismo, parecía haber triunfado cierta racionalidad que permitía pensar que la Argentina se encaminaba hacia un futuro siempre complicado pero al menos más previsible. Era el triunfo de una línea moderada dentro del Gobierno, representada por Alberto Fernández y el principal negociador con el Fondo, Martín Guzmán. Y una derrota, consecuentemente, para el sector más duro de la coalición gobernante, cuyo líder principal es la vicepresidenta Cristina Kirchner, que había criticado públicamente y con violencia al FMI 48 horas antes del anuncio del entendimiento. El éxito del tándem Fernández-Guzmán pareció más completo aun cuando se escucharon las primeras declaraciones de la oposición. Los dirigentes de Juntos por el Cambio venían denunciando la inercia y la incapacidad del Gobierno y agitaban el espectro de un default. Quedaron obviamente descolocados, y multiplicaron declaraciones contradictorias, sin duda por no querer saludar y apoyar el avance decisivo de la negociación que, sin embargo, reclamaban.

Tanto el Presidente como su ministro presentaron el principio de acuerdo como un logro, en la medida que no implicaba ajustes para el gasto público y las jubilaciones, ni reducción de derechos laborales. Concesión verbal, y política, al sector cristinista del Frente de Todos, sin duda, porque, aunque el Fondo haya aceptado firmar un acuerdo relativamente light, los objetivos de reducción del déficit fiscal implican obligatoriamente ajustes.

Ajustes, sí, de los que algunos no se quieren hacer cargo. Y es así que la racionalidad de este 28 de enero se rompió antes de que terminara el mes, el 31, con la renuncia de Máximo Kirchner a la presidencia del bloque de Frente de Todos en la Cámara de Diputados. El hijo bipresidencial dijo no compartir “la estrategia utilizada” ni “los resultados obtenidos” en la negociación con el Fondo Monetario. A continuación, numerosos representantes del ala dura del oficialismo se expresaron en contra del acuerdo, algunos insistiendo con denunciar la deuda heredada ante tribunales internacionales por considerarla ilegal, otros anunciando que pedirían cambios cuando se presentara el texto en el Congreso. Mucho sin sentido. Paralelamente, la oposición, después de haberse mostrado más responsable, es decir declararse favorable a un apoyo al acuerdo, volvió a expresar dudas, pidiendo, por ejemplo, ver la “letra chica” de la carta de intención, antes de pronunciarse.

En fin, la Argentina volvía a ser la Argentina, el país de la confusión. Confusión que alimentó el mismo presidente con declaraciones intempestivas e innecesarias, irritantes para el FMI y Estados Unidos, en la gira que lo llevó a Moscú, Pekín y Barbados. Guzmán, el consejero y secretario Gustavo Béliz, el Presidente de la Cámara de Diputados Sergio Massa y el embajador en Washington Jorge Argüello intentaron reparar los daños en urgencia. De todas maneras, el delirio tiene fecha de vencimiento: el 22 de marzo, la Argentina tiene que pagarle más de 2.000 millones de dólares al Fondo, sobre un total de casi 20.000 millones este año. Sin acuerdo previo, un salto al vacío de consecuencias incalculables.

A la hora de este encuentro, aún en febrero, todo parece indicar que el acuerdo con el Fondo será presentado y aprobado en el Congreso, pese a la abstención de un sector del oficialismo y de algunos parlamentarios de la oposición. Como decíamos, es un acuerdo light. El FMI decidió no exigirle a la Argentina más que lo que el Gobierno piensa poder cumplir. Pero la polémica que ya se generó sobre la baja de los subsidios al transporte en el Área Metropolitana de Buenos Aires y la resistencia al aumento de tarifas de servicios públicos, parecen indicar que el cumplimiento de dichos objetivos será difícil de conseguir para un Presidente cuya popularidad ha caído a niveles históricamente bajos y preocupantes, que no cuenta con el apoyo de parte de su sector y, obviamente, de la oposición.

¿Cómo impactará sobre este escenario la inesperada invasión de Ucrania por Rusia?

Digamos primero que, políticamente, quedó aún peor parado el presidente por sus imprudentes declaraciones en Moscú, en las que apoyó efusivamente a su par Vladimir Putin. En los primeros días posteriores al ataque, el oficialismo multiplicó declaraciones contradictorias, muchas de ellas justificando la agresión rusa. Solo Sergio Massa condenó la invasión con claridad, posicionándose nuevamente como el político más racional de la coalición gobernante. Hubo que esperar el 28 de febrero para que el Gobierno, en la voz del canciller Santiago Cafiero, condene la agresión con claridad. Fue un desgaste innecesario, consecuencia de los errores de Fernández y de la presión del sector cristinista de la coalición, que pudo hacer peligrar el apoyo de los Estados Unidos y otros países occidentales al acuerdo.

Dicho esto, el nuevo escenario internacional tiene aspectos positivos y negativos para la Argentina. Positivos, por la suba de los precios de los granos, de los que Rusia y Ucrania son importantes productores y exportadores, situación que debería traducirse en un aumento de ventas y apertura de nuevos mercados. Pero negativos, por la suba de los precios de la energía, habida cuenta de la posición de los países beligerantes en el mercado de hidrocarburos, y de componentes electrónicos, que incorporan metales preciosos extraídos en la misma región. En fin, en principio, y por lo que se puede saber hoy, los efectos negativos serían superiores a los positivos para la Argentina.

¿La guerra hace peligrar el acuerdo con el FMI? No, salvo que la Argentina haga todo mal, es decir que no busque cerrar la negociación. Por la debilidad del Gobierno actual, el Fondo aceptó firmar un acuerdo poco exigente, con el fin de respaldar y favorecer un equilibrio macroeconómico de la Argentina. Y de llegar a diciembre de 2023, para negociar entonces un nuevo acuerdo con un Gobierno electo que debería contar con un respaldo popular más importante, que le permitiría llevar a cabo las reformas estructurales que el país viene postergando desde hace décadas.

Este sería el mejor escenario. Pero no el más probable. Porque el acuerdo, vale recordarlo, implica suba de tarifas, es decir más inflación, y freno a la emisión monetaria, es decir menos actividad, y quizás recesión. Difícil para un Gobierno bajo fuego interno y externo, controlado cada tres meses por el FMI, y que podría tirar la toalla en los próximos meses, en todo caso antes de las elecciones del 2023. Con el cepo al dólar, los cepos a la importación, las retenciones y la multiplicación de las trabas a la actividad económica, el aumento de la pobreza y la baja del poder adquisitivo, más los efectos de la crisis ucraniana, podría ser que, pese a acordar con el Fondo, la Argentina… toque fondo en los próximos meses.

 

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